Al principio de la semana el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, propuso al malagueño Carlos Dívar como presidente del Consejo General de Poder Judicial. Hasta ahí la noticia puede tener más o menos repercusiones en el ámbito judicial incluso político, hasta el punto de que se pueda o no estar de acuerdo con la propuesta para este hombre conciliador, pero para de contar. Por cierto, hoy ha sido elegido por unanimidad.
Dívar es presidente de la Audiencia Nacional desde hace siete años y los 21 años anteriores los pasó como juez central de instrucción. Es decir, que ha estado media vida instruyendo casos de terrorismo, narcotráfico y crimen organizado. Lo que ocurre y por eso he traído a colación esta propuesta es que me llamó poderosamente la atención que desayunando escuchara en un informativo nacional (Telecinco) una referencia a su religiosidad. Contaban que era creyente. Me quedé pensando y esto qué importa para desempeñar su tarea. Como si es agnóstico. La gota que colmó el vaso y si me hizo pensar que la información que nos llega permite configurar la realidad social en una línea de muy concreta: de rechazo a lo religioso, es que en portada de El País se podía leer: “Zapatero sitúa a un magistrado muy religioso al frente del Poder Judicial” y una vez abierto el periódico el periodista se preguntaba: “¿Qué virtudes adornan a este juez para tamaño nombramiento? Pues que siendo un hombre de profundas convicciones religiosas y pensamiento tradicional cristiano no molesta a nadie.” Y acompañaban la información con una foto de Carlos Dívar con las manos unidas, para que te hagas una idea, como las fotos de niños de primera comunión en actitud piadosa.
Vayamos por partes. ¿Qué tiene de relevancia peyorativa para el desempeño de su tarea que Dívar sea muy religioso? ¿Qué permite deducir que un hombre de profundas convicciones religiosas y pensamiento tradicional cristiano vaya a molestar a alguien? El sesgo de la noticia no tiene desperdicio. A ver si nos aclaramos en esta sociedad aconfesional. Yo puedo tener mis creencias, más o menos profundas, pero eso, a priori, no es obstáculo para un desempeño impecable de mi trabajo. Y mucho menos que ser cristiano sea sinónimo de ser un obstáculo para la concordia. Es bueno que coloquemos las creencias y el desempeño de nuestra tarea donde corresponde: en ámbitos diferenciados que si me apuras se complementan, casi siempre, para mejor.





