Durante muchos años (cientos de ellos) hemos visto a teólogos y teólogas (por cierto, ¿algún nombre de teóloga que conozcáis?) hablando y escribiendo, meditando y profundizando en los tres años de vida pública de Jesús que , si es verdad que fueron trascendentes para nosotros, no por ello menos importantes que el resto de su vida.
Eso, el resto del que apenas conocemos unos esbozos: que si nació en Belén, que si se perdió en el templo, que si los Magos…y poco más.
¿No nos hemos preguntado qué pasó en esos más o menos 30 añitos de vida? Hasta hace poco, yo no me lo había preguntado, pero pensando en mi propia vida, veo que en 30 años da tiempo a mucho: a formarte, a enamorarte (varias veces), a aprender un oficio (o varios), a casarte…y también a observar y observar-te.
Jesús, a pesar de una infancia con un comienzo espectacular en Belén y una infancia presumiblemente (y según San Lucas) ingeniosa, pasa TOTALMENTE DESAPERCIBIDO en un pueblucho sin importancia; es uno más en un pueblo más.
¿Qué haría? ¿Qué pensaría? ¿Qué viviría que le quemaba por dentro y le empujó a “decir en las azoteas lo que se decía en secreto”?
Es un absoluto misterio. Pero un misterio de cotidianeidad al que estamos llamados todos los cristianos: vivir el día a día con profundidad pero sin llamar la atención; construyendo y viviendo desde el interior, sembrando…hasta que la semilla esté a punto y tenga que MORIR para DAR MUCHO FRUTO.
Señor, te pido que nos des la gracia de AMAR COMO TÚ. Así sea.


