
Este domingo el Pueblo de Dios está loco de alegría: va a recibir en Jerusalén nada más y nada menos que al mismo Jesús, al Señor. Muchos y muchas le gritarán como los niños:”¡Hosanna al que viene en nombre del Señor!” y otros sonreirán de alegría al pensar que se acerca la liberación de su pueblo.
Todos ellos alababan al Señor con ramos, con flores, con alegres colores en los pañuelos que a su paso ponían para que el pollino, símbolo de realeza, pisara con sus pezuñas, ese día hermosas, por cuanto que en sus envidiados lomos llevaran al mismo Dios…
Pero nadie comprendio el plan de Dios Padre-Madre…
La alabanza que merece nuestro Dios es la que hablan nuestras vidas, la que nos hace ( o no) vivir en Espíritu y en Verdad, o sea, la que nuestro propio ser grita en cada momento.
Los caminos del Señor son nuevos en cada día, en cada momento, y si nosotros somos tan ingénuos de celebrar la llegada de Dios a nuestra vida pero a la hora de subir al calvario nos quedamos abajo lamentándonos del esfuerzo, del fruto, de todo lo que queríamos que fuera y no es…entonces nuestros gritos no tienen vida, nuestros esfuerzos no valen…al no hacerlo como Él quiere, damos la vida de balde…
¡Cuánta vida para dar cuando tanto está muriendo! “Señor, no entiendo nada, pero que se haga tu voluntad y no la mía”
Seamos como nuestro patrón Juan: fiel, joven, de confianza…hasta el final.
Así sea.


