Un día, Dios puso toda la confianza en el hombre; y como Dios le gusta la libertad, lo dejó libre. Entonces, el hombre –al sentirse libre– miró por todas las rendijas de la tierra a ver si Dios le estaba espiando. Y el hombre vio que Dios se había ido (al hombre siempre le cuesta mucho ver a Dios cuando éste está presente). Así que cuando se dio cuenta de que Dios se había ido de verdad, al hombre le entraron unas inmensas ganas de ser Dios. Y poniéndose de pie, dijo a Dios: “¿Qué te has pensado? ¡Yo me quiero medir contigo!” Aquel fue uno de los peores días que dios pasó desde siempre. No sabía muy bien qué hacer, si aniquilar al hombre que había creado o no. Se paró a pensar un poco… y a Dios le fue imposible vencer el enorme amor que tenía por el hombre. Así que en lugar de borrarle de la tierra, le invitó a caminar por ella y le dio la posibilidad de arrepentirse.
Esta historia del hombre es muy vieja, pero también es muy nueva. Muchos hombres hacen lo que hizo el primero. Y Dios hace lo que hizo con el primer hombre: Dios no hace más que querer y perdonar y abrir los brazos y acoger y hacer fiesta cuando alguien, después de ser un desalmado con Él y con los demás, le pide perdón.
Por tanto, hoy todos estamos invitados a doblar la cabeza y a reconocer que la hemos levantado demasiado, pronunciando gritos contra Dios. Y una vez que hayamos hecho esto, hemos de ponernos a caminar juntos hacia Él. Por esto el Miércoles de Ceniza es un día intensamente alegre: porque a pesar de todo, Dios nos da una nueva oportunidad. Una nueva oportunidad para que seamos mejores, para que cambiemos, para que nos convirtamos.
Con estas intenciones y en este espíritu, empecemos a caminar; empecemos la CUAREMA.

Cenizas sobre nuestras cabezas

