Después de todo lo que sufrió Jesú en vida (la incomprensión de los fariseos y saduceos y hasta de sus discípulos, la falta de fe, las tentaciones, ese dudar entre lo que su cabeza le decía y su corazón le empujaba, ese huerto de los olivos, los latigazos, los escupitajos, los achuchones, las negaciones, la traición, la soledad….) pues bien, después de todas esas cosas y de cómo las vivió (entregándose, adelantándose a sus enemigos, sin defenderse más que lo que había dicho en el pueblo, sin rechistar, sin protestar, sin espavientos…) y después de pasar por esa noche oscura que pasó en la que se sintió abandonado hasta de su Padre Dios (¡El que era Dios mismo! Esto no hay quien lo entienda), pues después de todo eso, su Padre lo RESUCITÓ a la Vida (la de verdad, vamos, la de estar EN Él).
Madre mía. Todo esto no se ha improvisado. Ya vemos que Jesús no hubiera sido capaz de todo eso si no hubiera estado permanentemente e íntimamente unido a su Padre.
¡Qué lección!. Señor, que aprendamos de Jesús. Feliz Pascua. Que así sea.




